Una tarde cualquiera en un café cualquiera se sentó una mujer cualquiera. La mujer cruzó sus piernas y miró a la gente caminar con sus cabezas a punto de explotar, cuántos pensamientos, cuánta lógica e intentos de racionalizar cada parte de sus vidas, ese intento de organizar mentalmente su existencia y sentir en ese orden un consuelo, el soporte mental que hace la diferencia entre la cordura y la locura. La aparición del mesero interrumpió estas reflexiones, se incorporó y ordenó un expreso. “Express” pensó…y divagó un momento. En la vereda frente a ella se sentó un hombre cualquiera, desenvolvió un sándwich de un paquete y comió. Poco a poco se iban hilando diversas ideas en la mente de la mujer, su pensamiento se iba desarrollando como un ritmo incesante que avanzaba con misteriosas notas: “¡Quiero dejar de pensar!” pensó, a veces se hace insoportable tanta palabra, tanta idea pasajera que encuentra lugar en la cabeza de algún despistado transeúnte. La mujer tomó su bolso y partió rumbo a su casa.
Los pensamientos de esa tarde permanecieron en su cabeza durante toda la noche. No intentaba concluir nada, tan sólo pensaba, una noche más, como tantas otras, en las que el desvelo se instalaba en su cama y no dejaba lugar al sueño. Esta noche por suerte el sueño se adelantó y el desvelo tuvo que encontrar a otro pobre ser que molestar. Poco a poco y lentamente, como quien baja escaleras hacia una subterránea profundidad la mujer fue cayendo en un estado onírico. En el fondo, muy abajo, alguien aguardaba en la oscuridad, se acercó un hombre (no un hombre cualquiera) sino el mismo Kandinsky que se presentó ante ella y le estrechó la mano.
Kandinsky la hizo pasar a una habitación aún más profunda, le invitó un café (no expreso sino ruso) que encantada aceptó, y luego se sentaron…cuando de pronto todo se iluminó. Toda la habitación eran formas y colores y líneas y confusión, una confusión agradable, una sorpresa lúdica y extravagante. “Hemos cruzado el umbral”, dijo Kandinsky. La mujer percibió que todo esto era la contraparte de la problemática racionalidad que rondaba su cabeza día tras día. “El instinto aquí no ha sucumbido al intelecto mi querida mujer cualquiera” dijo el Sr. K. De allí nacía su obra, y de aquello no había logrado desprenderse el ser humano a pesar de la evolución darwiniana y de años de pensamiento crítico. Y entonces, como un chispazo, la mujer comprendió que aquel hombre sentado en la vereda esa tarde podía soportar cada laboroso día con su sándwich porque la oportunidad de mirar el vaivén de cadera de mujer que se le pasara por delante (con ganas de caerle encima) equilibraba su existencia.
2012





